Se escuchan sonidos, y sonidos por dentro. Van y vienen, de un lado al otro del cuerpo, del derecho al izquierdo, del izquierdo al derecho. Se queda en la cabeza, resonando y moviéndose. El sonido adentro, en la cabeza. El de afuera rebota en el suelo, en las paredes y me roza.
Soy más grande que el mundo, crezco y crezco llevada por los ecos que repercuten en las piernas, en el estómago, en el pecho, en los brazos, en la cabeza. Cada onda extiende de a poco, y tan rápido, los puntos de mi cuerpo.
Un ahhhh de este mundo retuerce al sonido dejando por fin un respiro en la palma de mi mano.
Temblar,
en los pies. Un mundo recorre los puntos de adentro. Y dejo de sentir el peso
en los pies (como decís).
La lluvia.
Algo vuelve, como ondas o voces, que no deja que escapes. Las manos, sobre el cuerpo y el aire, estrujan al sonido. Resuena desde los pies, me estruja.
Te estruja. Te lleva. No puedo salir. Desespero por saber qué hay un poco más allá, qué nos toca –qué me toca–, cómo nos tocan. Qué hacemos.
Todo inmóvil. Un sonido me lleva. Un sonido nos aprieta. Nos retuerce. Nos agita. Y aprieta, nos retuerce hasta que no sentimos nada. Sólo un ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh que nos corre y nos dice estás en otro mundo.
Ahora “una calma que parece paz cuando termina la lluvia.”
¿Estás en otro mundo? Estoy en el mundo del silencio. Gritando. ¿Gritás?
Está diluviando. Resuenan los pies.
2.22.2010
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