6.04.2010

Escribir en un puente un laberinto, una trama dibujada bajo un manto de palabras y formas imaginarias y reales. Reales como los garbanzos flotando en la sopa, reales como el alcohol derramado sobre la mesa y prendido fuego, ardiente y brillante y poderoso. En ese puente de tensores literarios y curvas de pinceladas espontáneas, escribir la vida, los momentos que en ella se crean, se hacen historia y existen diferentes, como otros momentos, otra historia, otra trama diferente, otra vida. La vida de alguien más, una vida escrita, hecha de palabras y colores de otro. Asi es cuando el relato rueda en la boca de otro.
El relato es el sonido de una música que se crea con un significado intimo y abyecto. Por saberse perdido de ante mano.
En esa derrota existe la belleza efímera del mundo, esa interminable secuencia de momentos de otros. Los momentos son de un otro que nos observa, que nos crea, nos da forma y nos da vida.
Nuestro interlocutor, que anima nuestro mundo, es un fantasma de nosotros mismos. Una sombra debajo de la cama, que se escurre para decirnos quien somos, quizás en algunas ocasiones especiales, al igual que cuando sentimos que nada importa más que esto. Esto como presente impalpable y absoluto. Esto, como la única forma de existir junto a un mundo y comprenderlo. Esto, es, en esta sujeción al mundo un momento que se solidifica eterno.
Dibujar un puente con letras nunca pronunciadas. Un puente invisible.
Dibujar un puente con los colores que mañana sostengan al paisaje. Un puente inefable.
Dibujar un puente hecho de una solo palabra, que cada parte, cada fragmento y división sea hecha de una misma y única palabra. Un puente que no conosemos pero que reconoceriamos desde cada lugar que lo veamos.
Dibujar un puente seria como hacer que el mundo nos sea menos extraño,

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