7.03.2011

De Rilke: "Yendo y viniendo, según su costumbre, con un libro, se encontró apoyándose, en un momento dado, más o menos a la altura de un hombro, en la horcadura de un arbolillo, y en seguida se sintió tan gratamente sostenido y tan ampliamente descansado en esa postura, que permaneció así, sin leer, enteramente engastado en la naturaleza, en una contemplación casi inconsciente (...) Era como si, desde el interior del árbol, hubieran pasado en él unas vibraciones casi imperceptibles (...) Le parecía que jamás le habían animado movimientos más suaves, su cuerpo era de algún modo tratado como un alma y puesto en situación de acoger un grado de influencia que, en la claridad ordinaria de las condiciones físicas, en realidad no se hubiese siquiera sentido. A esta impresión añadía el que en los primeros instantes no podía definir bien por qué sentido recibía un mensaje a la vez tenue y tan vasto: además, el estado que esa comunicación desprendía de él era tan perfecto y continuo, diferente de todos los otros, pero tan imposible de representar por el esfuerzo o la agravación de sucesos ya vividos, que a pesar de todo ese hechizo, no se podía pensar en llamarlo goce. No importa. Ocupado en darse cuenta a sí mismo justamente de las impresiones más ligeras, se preguntó con insistencia qué era lo que le pasaba, y encontró casi en seguida una expresión que le satisfizo diciéndose que estaba siendo transportado al otro lado de la naturaleza..."

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