Te cuento. ¿Querés que te cuente? Te cuento
Te cuento que no es fácil contarte esto.
Las palabras me faltan, se van, están lejos, adentro, oscuridad, ausentes. Vivo por que tengo fuerzas para vivir, un apego inconsciente y desesperado, un poco simple y un poco tonto. Te cuento que las horas me dejan, días, sabores amargos, recuerdos desarmados y felices, apilados caprichosamente en un abismo sin tiempo. Mis palabras son necias, duras, lacerantes, inquietas, inocentes. Estoy triste, un poco alejado, un poco asustado, desespero. Y tus ojos me interrogan, me piden un que, que no se si tengo, que si tengo no quiere salir; como tu miedo, tu dolor sin nombre, tus miles de preguntas y tus palabras, que dudas si son o no tus palabras o tus fantasmas.
Los fantasmas crecen y se alimentan del miedo y dudas. De la dudas que hacen frío a dentro y endurecen el pecho y el cuello y duele, un pequeño mundo una pelota de oscuridad y dolor que nos hace tener la boca apretada y los ojos llenos de temor.
Bajamos, el sesenta se va sin despedirse. Se aleja ingratamente. Ni siquiera recuerda nuestras caras, nuestro olor, nuestras formas que desaparecen pocos metros después en la noche, y no importa. Caminamos tu corazón parece detenerse, corre acompasado y denso, la sangre parece espesarce y el nudo subir un poco mas y apreta. Tengo intriga y en mi cara y en el tono de mi voz, un aire estúpido de seguridad inmadura. No se que decir, las palabras van y vienen y tu desconsuelo y tu vacío, me duelen y me desesperan. Siento la necesidad de socorrerte de sostenerte de cumplir con algo que no entiendo y me siento mal. Siento en ese momento que te debo algo, una palabra un abrazo una caricia certera y simple. Y no puedo, me voy estoy ahí y ya me fuí. El olor al café me trae recuerdos, tu boca me trae recuerdos. El aire frío de la calle aun esta dentro de mis pulmones y mi cara empieza a descongelarce con punzadas profundas y agudas. Las palabras dibagan como sueños en el aire y el murmullo de la gente; una tormenta que se las lleva. Salimos expulsados a la calle. un poco aturdidos, pensantes, repletos de melancolía, desgraciados, agotados e insomnes.
El sesenta que corre por Santa Fe me escupe a pocos metros de mi cama, veinte minutos antes tu cara me decía que no estabas bien. Y yo con palabras torpes quise decirte que cuentes con migo, que yo estoy para escucharte, siempre. Pero tus oídos no me creyeron, tu cuerpo tampoco.
La mañana agradable y tranquila, por vacía más que por pacífica me recibe en la calle. Espero encontrarte esperando, taciturna, en la puerta de mi trabajo. Una certeza enferma me lo dice, no la escucho. Un mensaje tuyo me confirma que nos vemos. Una angustia sorda y nauseabunda crece en mi cuerpo. Tu cuerpo asoma desde la puerta, las palabras corteses de cualquier saludo, una charla, palabras sueltas, frases inquietas, un lágrima, risas y furia, interrogantes, dudas, temor, algo que nos aplasta en la silla. Un mate para pasar el rato, sueños de viajes y de una vida menos empobrecida. Ideales, silencios, caricias y un mate que es como un beso a distancia. Como tocar tu boca sin tenerla entre mis dientes. Asi son las sombras, las desgracias y la vida, las sonrisas, la alegría, la esperanza, el porvenir. estas cosas son nuestras y no las queremos dejar ir, aunque nos estorben y nos apúren y nos hagan sentir espantoso.
Es hora de separarnos en el espacio. Un saludo, una burbuja de fantasía explotando en el aire. Esa busbuja fue la más real que vi explotar en mi vida, quiero que lo sepas.
La despedida como un desgarrarse despacio y sin dolor nos devuelve a nuestro mundo solitario y fantástico.
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